han escrito…

50 años de cine norteamericano

Jean Pierre Coursodon y Bertrand Tavernier

Traducción: Francisco Díaz del Corral
Akal, 1997

“Agee fue una especie de Boris Vian norteamericano: la misma personalidad, muy original y un poco a disgusto de su época, el mismo sorprendente eclecticismo, el mismo entusiasmo por temas a menudo semejantes –jazz, cine-, idéntica dificultad para hacerse reconocer durante su vida, y, en fin, igual gloria póstuma [nota: y muerte temprana también]. Y, como en el caso de Boris Vian, los editores parecen asimismo hoy decididos a publicar hasta sus menores escritos. El drama de Agee fue haberse dispersado sin llegar a encontrar su verdadero camino, pero, sobre todo, el haber vivido una época en que resultaba imposible hacer cine personal fuera de Hollywood, y en la que Hollywood era casi impenetrable. Si hubiera nacido veinte años antes habría sido un brillante autor de películas. Es muy difícil juzgarle a través de los guiones escritos por él: The African Queen habría sido, se dice, en gran medida reescrito por John Collier y Peter Viertel, y la parte correspondiente a Charles Laughton en The Night of the Hunter parece importante. A todo lo cual hay que añadir que la adaptación por Alex Segal de la novela A Death in Family (con el título All the Way Home) tiene momentos muy interesantes. Pese a su escasa obra cinematográfica, nos ha parecido justificado dedicarle algunas líneas. James Agee fue también, por lo demás, un fino crítico extraordinariamente sensible tanto a las cualidades como a los defectos del cine norteamericano.”

Mi autobiografía (My Autobiography)

Charles Chaplin

Traducción: Julio Gómez de la Serna
Círculo de Lectores, 1989

“(…) Además, acababa de terminar Monsieur Verdoux, (…). Con entera confianza marché a Nueva York. Pero a mi llegada fui atacado inmediatamente por el Daily News: “Chaplin está en la ciudad para el estreno de su película. Después de sus hazañas como “compañero de viaje”, le desafío a que dé la cara en una conferencia de prensa, pues estaré allí para hacerle una o dos preguntas embarazosas.”

El servicio de publicidad de la United Artists deliberó sobre si era aconsejable o no que celebrase una entrevista con la prensa americana. Yo estaba indignado porque había ya recibido a la prensa extranjera la mañana anterior, dispensándoseme una acogida calurosa y entusiasta. Además, no tenía por qué estar intimidado.

A la mañana siguiente reservamos un gran salón en el hotel y recibí a la prensa americana. Después de que hubieran servido unos cócteles, hice mi aparición, pero olí algo malo. Hablé desde detrás de una mesita, y desplegando toda la capacidad de seducción que me era posible, dije:

– ¿Cómo están ustedes, señoras y caballeros? Estoy aquí para informarles de todo lo que les pueda interesar en relación con mi película y con mis planes futuros.

Permanecieron callados.

– No hablen todos a la vez -dije, sonriendo.

Por fin, una periodista que estaba sentada casi enfrente dijo:

-¿Es usted comunista?

– No -contesté rotundamente-. La siguiente pregunta, por favor.

Entonces una voz empezó a murmurar algo. Creí que sería mi “amigo” del Daily News, pero éste brillaba por su ausencia. El que hablaba era un sujeto con aspecto desaseado, que tenía el gabán puesto y que se inclinaba sobre un manuscrito, del que estaba leyendo algo.

– Perdone -le dije-. Tendrá que volver a leerlo; no comprendo una palabra de lo que está usted diciendo

Empezó:

-Nosotros, los ex combatientes católicos de la guerra…

Le interrumpí:

-No estoy aquí para contestar a ex combatientes católicos de la guerra, ésta es una reunión de prensa.

-¿Por qué no se ha hecho usted ciudadano americano? -dijo otra voz.

-No veo ninguna razón para cambiar de nacionalidad. Me considero un ciudadano del mundo -contesté.

Se produjo un gran revuelo. Dos o tres personas querían hablar a la vez. Sin embargo, una voz dominó a las demás:

-Pero usted gana su dinero en América.

-Bueno -dije sonriendo-, si coloca usted las cosas sobre base económica, iremos directamente a los hechos. Mis negocios son internacionales; el setenta por ciento de mis ingresos lo gano en el extranjero, y los Estados Unidos los gravan con un ciento por ciento de impuestos; de modo que, como ve, soy un invitado que paga muy bien.

Nuevamente, “el de la Legión Católica” arremetió con voz aguda:

-Gane usted su dinero aquí o no, nosotros, los que desembarcamos en las playas de Francia, sentimos que no sea usted ciudadano de esta nación.

-No es usted el único hombre que desembarcó en esas playas -le dije-. Mis dos hijos estuvieron también allí, en el ejército de Patton, firmes en primera línea, y no van alardeando ni explotando el hecho, como está usted haciendo.

-¿Conoce usted a Hanns Eisler? -dijo otro reportero.

-Sí; es un buen amigo mío; un gran músico.

-¿Sabe usted que es comunista?

-No me importa lo que sea; mi amistad no se basa en la política.

– Sin embargo, parece que le gustan a usted los comunistas -dijo otro.

-Nadie tiene por qué decirme lo que me gusta o me disgusta. Todavía no hemos llegado a tanto.

Luego una voz dijo en medio del bullicio:

-¿Qué impresión se siente siendo un artista que ha enriquecido con tanta facilidad y comprensión al mundo de la gente humilde y es escarnecido por el odio y el desprecio de los llamados representantes de la prensa americana?

Estaba tan poco preparado a cualquier expresión de simpatía, que contesté bruscamente:

-Lo siento, no le he seguido; tendrá usted que repetir la pregunta.

Mi encargado de publicidad me dio con el codo, murmurando a mi oído: “Este tipo está de tu parte; te ha dicho una cosa muy amable.” Era Jim Agee, el poeta y novelista americano, que estaba trabajando por entonces como escritor y crítico literario para la revista Time. Me sentí confundido y depuse mi actitud de alerta.

-Lo siento -dije-; no le he oído. ¿Tendría usted la amabilidad de repetirlo?

-No sé si podré -dijo, algo embarazado; luego repitió aproximadamente las mismas palabras.

No se me ocurrió ninguna contestación; de modo que moví la cabeza y dije:

-Sin comentarios…; pero gracias.

Después de aquello no me encontraba bien. Sus amables palabras me dejaron sin ninguna capacidad de lucha.

pp. [561-564]

“Embarqué en el Queen Elizabeth a las cinco de la madrugada, una hora romántica, pero por la sórdida razón de evitar que me entregasen una citación. Las instrucciones de mi abogado fueron que embarcase furtivamente, me encerrase en mi camarote y no apareciese en cubierta hasta que el práctico hubiese desembarcado. Como hacía doce años que estaba preparado a esperar lo peor, obedecí.

Había soñado verme en cubierta con mi familia, disfrutando de aquel emocionante momento que es la partida de un barco, cuando suelta sus amarras y se desliza conduciéndonos a otra vida. En lugar de esto, estaba encerrado ignominiosamente en mi camarote, atisbando a través de la portilla.

-Soy yo -dijo Oona, llamando a la puerta.

Le abrí.

-Jim Agee acaba de llegar para despedirse de nosotros. Está en el muelle. Le he gritado que te había escondido para evitar que te entregasen la citación y que le saludarás desde la portilla. Alí está ahora, en el extremo del muelle -me dijo.

Vi a Jim, algo separado de un grupo de personas, de pie bajo el implacable sol, mirando al barco. Con toda celeridad me quité el sombrero, saqué un brazo por la portilla y lo agité, mientras Oona miraba por la segunda portilla.

-No, no te ha visto todavía -me dijo ella.

Y Jim no me vio jamás; y aquélla fue la última visión que tuve de Jim, de pie, solo, como si estuviera separado del mundo, atisbando y buscando. Dos años después murió de un ataque al corazón.

Pág. [579]

A libro abierto (Memorias)

John Huston

Espasa Calpe, 1986
ISBN 84-239-2416-5

“Yo había tenido muy claro que quería hacer La reina de África, y tenía igualmente claro con quién deseaba escribir el guión: James Agee.

James Agee era poeta, novelista y el mejor crítico de cine que ha tenido este país. Escribía para The Nation, Time, Fortune y Life. Todos sus libros –Let Us Now Praise Famous Men (Elogiemos ahora a hombres famosos), The Morning WatchA Death in the Family (Una muerte en la familia)- se han convertido en clásicos.

Yo había leído todo lo que Agee publicaba. Durante la guerra hizo una crítica de La batalla de San Pietro para Time, y revelaba tanta sensibilidad y perfección que le escribí una nota de agradecimiento. La única vez en mi vida que me he dirigido a un crítico. Le conocí después de la guerra cuando escribió un artículo sobre mí para Life.

Agee medía más de un metro ochenta, tenía un torso poderoso, las manos grandes y fuertes, la cara pálida, el pelo castaño, los ojos azules, y una boca a la que le faltaban varios dientes. Recuerdo que cada vez que se reía, se tapaba la boca con la mano furtivamente. Cuando le conocí mejor, traté de convencerle de que fuera al dentista, decía que sí, pero nunca llegó a ir, a pesar de que le concerté varias citas.

Jim llevaba siempre la ropa sin planchar; que yo sepa, sólo tenía una corbata y sus zapatos nunca estaban limpios. Le encantaba hablar; y yo pensaba a menudo que juzgaba a la gente más interesante o inteligente de lo que realmente era debido a su costumbre de encontrar profundos sentidos en los comentarios vulgares.

Cuando Jim estaba escribiendo el artículo para Life, yo aún estaba casado con Evelyn Keyes. Evelyn, Gilbert Roland y yo decidimos ir de cacería a Idaho, y nos llevamos a Jim. Elegimos un lugar en las montañas de Bitterroot regentado por un piloto que se llamaba Ver Bennett. Era tan remoto y tan inasequible que, por lo que yo sé, ningún otro avión se había aventurado hasta allí.

Agee no había estado nunca en las tierras vírgenes del Oeste. Le encantaron. No quería disparar una escopeta, ni matar ningún animal, pero tampoco quería perderse nada. Vino con nosotros en todas nuestras salidas. Por las noches, nos sentábamos en corro y jugábamos al póker y escuchábamos las historias de Ben sobre sus tiempos de piloto en los páramos de Alaska. Agee escuchaba con interés y dudo que olvidara nada.

Durante este viaje me confesó tímidamente que le apetecía escribir para el cine. Por eso, un año y pico más tarde, cuando llegó el momento para preparar el guión de La reina de África, le llamé a Nueva York y le pregunté si quería colaborar conmigo. Aceptó y se vino a Los ángeles. Nos fuimos juntos de vacaciones a un hotel cerca de Santa Bárbara y empezamos a trabajar.

El hotel funcionaba más bien como un club. Tenía bungalows individuales, un buen restaurante, una piscina, pistas de tenis y establos. Sólo mi familia inmediata y unos cuantos amigos sabían dónde estábamos. No queríamos que nos molestaran ni nos distrajeran y, una vez que nos instalamos, raramente salíamos de los terrenos del hotel.

Pensé que ésta era una buena oportunidad para hacer una vida sana y ponernos en forma, así que le propuse a Jim que siguiéramos un régimen de trabajo y ejercicio severo. Decidimos jugar uno o dos sets de tenis cada mañana antes de desayunar y por lo menos dos sets por la tarde después del trabajo. Nadábamos dos veces al día, evitábamos las actividades nocturnas y las fiestas y, que yo supiera, Jim, igual que yo, se acostaba antes de las diez.

David Selznick y Jennifer Jones aparecieron por allí unas semanas después de nuestra llegada. Les presenté a Jim y enseguida le cobraron afecto. Cenamos con ellos unas cuantas veces, pero siempre nos retirábamos temprano. Estábamos decididos a no quebrantar nuestro horario.

Jim era un buen colaborador. Encontramos rápidamente un método de trabajo. Discutíamos una secuencia, luego la dejábamos a un lado y escribíamos escenas alternativas. Entonces intercambiábamos las escenas y reelaborábamos el material del otro. El método funcionaba bien, salvo que Jim iba muy por delante de mí. Me asombraba el volumen del material que producía. Entonces descubrí que no se acostaba a las diez, sino que trabajaba hasta altas horas de la noche.

-Dios mío, Jim…, ¡eso es una barbaridad de trabajo!

Me aseguró que no pasaba nada, que su horario normal era por la noche. No discutí con él. Pensé que, probablemente, sin presiones y sin fechas límites, poco a poco iría dejando la antigua rutina por la nueva. Sólo necesitaba tiempo para adaptarse.

Billy Pearson me llamó una mañana. Quería que viese una colección de arte precolombino que se había puesto a la venta. Volé a San Francisco, admiré las piezas -había algunas hermosas figuras colima- y estaba disfrutando de unos agradables días de descanso en casa de Billy y su mujer cuando Jennifer me telefoneó para decirme que Jim había tenido un ataque al corazón. Cogí el primer avión.

Cuando llegué al hotel, David me estaba esperando. Me dijo que Jim había estado en peligro de muerte y que ahora estaba bajo el efecto de sedantes. Que estaba recibiendo atención médica constante. Por el momento, los médicos habían decidido dejarle en su habitación, porque no se atrevían a trasladarle a un hospital. Su situación era muy grave.

Cuando fui a ver a Jim al día siguiente, le encontré despierto y, por increíble que parezca, sintiéndose culpable. Consideraba que me había fallado y empezó a disculparse por estar enfermo. Me llevé un dedo a los labios, rogándole que no hablara. Luego le aseguré que no había ningún problema. La colaboración continuaría cuando él pudiera trabajar. Todavía no habíamos escrito el final, pero yo escribiría uno temporal y se lo enviaría para que él lo aprobase. Cuando los médicos le dieran el alta, podría reunirse conmigo en África y reanudaríamos el trabajo. Esto pareció tranquilizarle.

Uno de los médicos me preguntó qué género de vida hacía Jim. Le dije que Jim fumaba empalmando un cigarrillo con otro y bebía una botella diaria. El médico dijo que si seguía así no viviría mucho. Tendría que dejar de fumar y de beber y ser moderado en todo, incluyendo el número de horas de trabajo.

Cuando informaron a Jim de esto, él dijo:

-No tengo la intención de cambiar mi forma de vida.

Y, efectivamente, unos días después, cuando estábamos solos, me pidió un pitillo.

-Diantre, Jim, debes seguir las órdenes del médico. Es un profesional igual que tú, y su reputación está en juego. ¿No querrás matarte y ponerle en una situación embarazosa?

No volvió a insistir.

Cuando Jim sufrió el ataque al corazón, nuestro guión no estaba totalmente terminado. Escribí un final un tanto chapucero, pensando rehacerlo, y me fui a Inglaterra con Sam.

Transcurrió año y medio antes de que volviera a ver a Jim. Nos encontramos en el Club 21. Me saludó con una copa en la mano; sus dedos estaban manchados de nicotina como siempre. No había cambiado su ritmo de vida. En 1955 tuvo otro ataque al corazón y ése le mató.

Jim Agee era un Poeta de la Verdad; un hombre que no se preocupaba en absoluto por su apariencia, solamente por su integridad. Ésta la preservaba como algo más valioso que la vida. Llevaba su amor por la verdad hasta el extremo de la obsesión. En Let Us Now Praise Famous Men su descripción de los objetos de una habitación era detallada hasta el punto de constituir un homenaje a la verdad. Durante una fracción de eternidad esos objetos existieron en una colocación determinada dentro de un espacio circunscrito; eso era verdad. Y la verdad era digna de ser contada.

C. S. Forester me había dicho que nunca había quedado satisfecho con la forma en que terminaba La reina de África. Había escrito dos finales diferentes para la novela; uno se había usado en la edición americana, el otro en la inglesa. Ninguno de los dos le parecía satisfactorio. Yo pensaba que la película debía tener un final feliz. Como la salud de Agee nunca le permitió venir a África, le pedí a Peter Viertel que trabajara conmigo en las escenas finales. Él y Gige se reunieron con nosotros en Entebbe antes de que empezáramos a rodar, y juntos escribimos mi final, el que realizamos después.”

[pp. 228-231]

Memorias de Peggy Guggenheim (1898-1979). Confesiones de una adicta al arte

Prólogo de Gore Vidal

“En cierto sentido, al igual que el personaje de El gran Maulnes, sigo pensando que en alguna parte, incluso en este preciso momento, en una calle lateral de la ciudad de Nueva York, esa fiesta continúa y Anaïs sigue viva y joven, y chéri está jovencísimo, y James Agee está bebiendo de más, y Laurence Vail presume de unas botellas que ha pintado tras vaciárselas como parte del proceso creativo, y André Breton está magistral, y se diría que Léger fuera capaz de construir una de esas máquinas que le gustaba pintar; y un mundo de color y humor sigue vivo, y uno podría entrar otra vez en él si no hubiera extraviado la dirección”.

[del prólogo de Gore Vidal]

Guillermo Cabrera Infante

entrevista para la agencia EFE

El escritor cubano Guillermo Cabrera Infante, último premio Cervantes de Literatura, recordó el lunes pasado cómo su adicción al celuloide le transformó de simple espectador en crítico cinematográfico.

Ocurrió en 1948 en el barrio donde vivía en La Habana, “una ciudad abierta al trópico que parecía vivir encerrada en un cine”. Lo más decisivo, recordó, es que después de que le publicaran su primer cuento en la revista Bohemia, “el cine había dejado de ser mi pasión dominante para serlo la literatura”. Pero leyó una crítica del Times, dedicada a Hamlet, de Lawrence Olivier, que contenía una frase que era literatura. Gracias a James Agee, su autor, “concluí que era posible hacer crítica de cine de la misma manera que escribía cuentos”. Y vio que “la crítica es otra forma de literatura, otra salida para expresar lo que sentía, lo que creía y lo que sabía del cine”. “Entonces escribí sobre el estreno de Nido de víboras, dirigida por Jules Dassin antes de que cometiera el más craso error, que no fue fugarse de Hollywood, sino casarse con Melina Mercouri”. Cabrera Infante, guionista de películas como Punto de fuga, Bajo el volcánLa ciudad perdida, ironizó sobre los críticos, que en ocasiones cometen grandes disparates, que son “como decía una criada habanera, gases del oficio”.


Diego Batlle

La Nacion Line

Paidós publicó una excelente compilación de textos de James Agee, considerado junto con Manny Farber uno de los críticos cinematográficos más importantes de los Estados Unidos.

Agee (1909-1955) fue un notable novelista (ganó un premio Pulitzer póstumo en 1958), guionista (escribió dos gemas: La reina africana y La noche del cazador), poeta y periodista que se consagró escribiendo sobre películas para el diario izquierdista The Nation entre 1941 y 1948, y para revistas como Life, Time y Sight & Sound.

Considerado por Jean-Luc Godard tan influyente como André Bazin -con quien tuvo muchas posturas similares-, Agee no sólo fue dueño de una mirada amplia y moderna sobre el cine (y muchas otras cosas) sino que en sus textos hizo gala también de un brillante estilo literario, que permite incluirlo en el círculo de “colegas” (críticos/escritores) como Jorge Luis Borges y Guillermo Cabrera Infante.

En esta selección de reseñas y ensayos pueden apreciarse su particular interés por el cine bélico (especialmente por los documentales de propaganda antifascista), su admiración por René Clair y John Huston, su defensa en tres consecutivas críticas de la vapuleada Monsieur Verdoux, de Charles Chaplin; su embelesada descripción del trabajo de la joven Lauren Bacall en Tener o no tener, su respeto por el neorrealismo italiano y por otros movimientos europeos y su profunda admiración por el pionero David W. Griffith. Un libro indispensable para aquellos interesados en reconstruir la historia de la crítica.

Elvio E. Gandolfo

“La lucidez del amateur”

La catástrofe económica aportó un aire “retro” al consumo y difusión de los libros, antes obsesionado por el hoy mismo. Si hasta diciembre (“época P.C.”: Pre Caceroleo) casi toda sección o suplemento trataba de sacar sus notas en el momento exacto en que le venía bien a la editorial (la aparición), ahora es posible ver notas sobre títulos distribuidos antes de la semana pasada. Ese ritmo lento permite recobrar parte de lo que quedaba tapado por la avalancha de novedades. Por ejemplo la estupenda colección española de Paidós sobre cine, con textos de gente como Rossellini, Rohmer, Scorsese o Kazan. Este volumen pertenece a otro “palo”: no es de un director, sino de un crítico. Aunque también de un novelista: Una muerte en la familia (1957) póstuma y Pulitzer, memorable. Y de un guionista: nada menos que de La reina africana y La noche del cazador.

También de un hombre flaco, alto, complejo y malogrado. Tanto, que falleció a los 45 años de un infarto en un taxi de Nueva York. Tuvo su cuota de suerte: trabajó en revistas tan importantes como Fortune y Time (donde comentaba libros).

Él mismo se define como “crítico amateur”, dos palabras que suelen designar a los mejores críticos: gente que ha visto mucho, ama un medio, y por lo tanto se enoja con muchas cosas, se euforiza con otras, y opina sin pelos en la lengua. En ese sentido, Agee aplica la alabanza o el arranque de ira con la misma energía. Y mientras “habla” (porque eso parecen sus críticas: una conversación fascinante con un lúcido que es un apasionado) va demostrando que tiene opiniones claras sobre la sociedad, la guerra, o la política. Las críticas van de Sunset Boulevard a Roma, ciudad abierta, de Iván el terrible a Shakespeare filmado por Olivier.

A esas críticas se agregan análisis largos sobre el cine cómico mudo americano, D. W. Griffith (donde reparte con equilibrio magistral virtudes y defectos) o John Huston.

En conjunto, el libro es un banquete para cualquier adicto a salas y videos, y una base datos de frases citables para críticos en ciernes o veteranos. Vale la pena salir a cazarlo.

Elvio E. Gandolfo

El País Digital

viernes, 17 de enero 2003

Montevideo – Uruguay

“El Cine, la vida, la familia”

EL 16 DE MAYO DE 1955 un taxista neoyorquino tuvo un mal día: se le murió un pasajero de un ataque al corazón. Era James Agee, y tenía 45 años. No había llevado lo que se llama una vida cuidadosa, no era su primer infarto, y ese día iba rumbo a una consulta médica. Cuando abrieron su departamento, encontraron prolijamente ordenada sobre su escritorio una copia final de su primera novela, Una muerte en la familia. Fue publicada recién dos años después, en 1957, y obtuvo el premio Pulitzer del ’58. Su éxito de público y de crítica fue demoledor. Eso llevó a un grupo bastante grande de fanáticos de su obra de comentarista de cine en lugares como Time, The Nation y Life, a insistir en la necesidad de recopilar esas notas. Por su calidad, lucidez, pasión y estilo Agee había ido formando un culto creciente a lo largo de los años. Por una vez, la reacción editorial no fue lenta, y en 1958 apareció Agee on Film. Una selección de ese material fue reeditada hace poco en castellano como Escritos sobre cine (Paidós, 2001).

UNA VIDA EN LA FAMILIA. James Rufus Agee nació en Knoxville, Tenneesee. Ese sitio fue uno de los pilares de su personalidad, como quedó expresado en varios de sus poemas, y en su novela póstuma. El hecho central de su infancia fue la temprana muerte de su padre Hugh James Agee, que se mató en un accidente cuando él tenía 6 años, en la misma fecha del año en que moriría su hijo, casi cuarenta años después.

En 1919 entró al colegio de Saint Andrew’s, perteneciente a un seminario episcopal. Allí conoció a quienes tendrían una fuerte y prolongada influencia sobre él: el padre Flye y su esposa. Con el sacerdote visitaría Francia e Inglaterra en 1925, y sería él quien se encargaría del servicio fúnebre después de la muerte de James.

Apenas adolescente, comenzaría a cartearse con Dwight Macdonald. Más tarde pasaría a dirigir la publicación mensual de Exeter, la academia de New Hampshire donde siguió sus estudios. Después pasó a la Universidad de Harvard, donde fue condiscípulo de Robert Fitzgerald, uno de sus mejores amigos, y autor de un prólogo a sus cuentos que hasta hoy es el mejor bosquejo biográfico de James Agee. Los dos querían ser poetas, y publicaron. Pero al fin los dos terminarían por compartir las tareas del “nuevo periodismo” de la época, en el semanario Time. Antes, James tuvo un período de brillo en el mensuario Fortune, al que llegó gracias a la recomendación de Dwight Macdonald. Había llamado la atención con un número paródico de Time, realizado para el periódico estudiantil The Advocate.

Las oficinas de Fortune estaban a gran altura en el edificio Chrysler, y Agee pronto se transformó en una figura mítica de su equipo. Soñaba con un periodismo distinto pero sufría lo suficiente el periodismo real como para que alguien lo encontrara un día colgado del lado de afuera de la ventana. Al ocultarse para no ser visto, ese amigo vio por su parte que Agee se limitaba a entrar, mucho más calmado. En una carta había escrito: “la culpa, querida Fortune, es mía: (…) odio cualquier empleo sobre la tierra, como empleo y obstáculo y semisuicidio”.

Flaco, desgarbado, hubo numerosos testimonios sobre su persona, porque era un cultor de la amistad, y sobre todo de la charla apasionada. Eran famosos sus zapatos muy gastados, los sacudones de la cabeza al hablar con energía, la boca con una sonrisa muy agradable, a la que desde cierto momento le faltó un colmillo, y la capacidad histriónica para imitar a Leopold Stokowski dirigiendo o a predicadores religiosos. En Fortune se destacó por un informe magistral sobre la cuenca del Mississippi. En 1936 la revista lo envió a las zonas rurales, castigadas por la pobreza, en compañía de Walker Evans, uno de los grandes nombres de la fotografía americana. El reportaje que los dos hicieron a varias familias de campesinos indigentes no fue publicado. Años después se convirtió en el libro Let Us Now Praise Famous Men, editado recién en 1941. El tono de la época había cambiado y el libro pasó casi desapercibido. Pero pronto se convirtió en un poderoso ejemplo de periodismo de testimonio de la época, reconocido con creces por la posteridad. La segunda edición apareció a la rastra del éxito de Una muerte en la familia, en 1960, cuando nuevas generaciones comenzaron a leer a Agee.

En Time Agee entró como comentarista de libros. La sección era editada por Whittaker Chambers, y allí trabajaba también Robert Fitzgerald. Aunque las notas no se firmaban, y eran muy editadas, su tono pronto comenzó a llamar la atención. Recordó Fitzgerald: “cada uno de nosotros tres leía media docena de libros por semana y escribía reseñas o notas -o nada- según lo juzgara conveniente. (…) Algunas de las reseñas de Agee, largas y fascinantes, rebotaban desde el escritorio del editor en jefe en forma de un párrafo”.

EN EL CINE. Agee se casó tres veces, tuvo cuatro hijos, dejó testimonio de sus inestabilidades afectivas. Tuvo siempre una mezcla de gozo y culpa por sus sucesivos éxitos. Desde siempre, como lo testimonian las primeras páginas de Una muerte en la familia, fue al cine. “Ir al cine” en aquella época era hacerlo en el tope de la popularidad del medio. Abundaban los cines de pueblo y de barrio, y la salida con su padre era uno de los disfrutes máximos para ambos. Lector inveterado, conversador constante (como Felisberto Hernández, era a un tiempo tímido y seductor), pronto amasó una forma de ver “the movies” que generó el pedido de que alguna vez escribiera lo que opinaba. La época de oro de esa actividad fue la que desarrolló entre diciembre de 1942 y septiembre de 1948 en The Nation. A diferencia de las críticas anónimas publicadas en Time, allí se trataba de una columna firmada, absolutamente personal, que pronto llamó la atención de gente como W.H. Auden, quien escribió una carta manifestando su asombro, aunque subrayando que lo hacía sobre todo por tratarse de un medio un tanto “bajo” como el cine. Además publicó notas largas en Time (la edición en español sólo reproduce una, y la diferencia de tono es notable) y un estudio magistral en Life, sobre los cómicos mudos.

Escritos sobre cine es una edición un poco descuidada, que ni tiene un índice preciso de películas, ni alfabético de nombres. En muchos casos hay que recordar el título en el Río de la Plata, muy distinto al de España. En textos que confirman la fama de Agee como uno de los dos o tres grandes críticos de su época (otro era Manny Farber, a quien cita más de una vez), habría sido esencial poder acudir a la página indicada cuando uno quiere citarlo, releerlo, o leerlo a alguien.

El tono es directo, con opiniones, pero rara vez cae en el exceso personal. Tiene un modo de mezclar las palmadas de aliento con la precisión de los errores incluso en quienes más admira. Termina su memorable perfil de D.W. Griffith así: “No hay hombre en el mundo del cine, o aficionado al cine, que no le deba a Griffith más de lo que él le debe a nadie”. Pero antes ha aclarado: “No poseía una inteligencia notable ni tampoco una gran delicadeza de espíritu; no era en absoluto sutil, ni tenía sentido de la medida; poco, si es que algo, buen gusto, ya fuera en beneficio o en perjuicio de su trabajo”.

En un texto inicial se define como “crítico amateur”, palabras que suelen designar a buenos críticos: gente que ha visto mucho, que ama un medio, y que por lo tanto se enoja con muchas cosas, se euforiza con otras, y opina sin cálculos previos ni pelos en la lengua. “Sospecho que, las más de las veces, me hallo en la misma situación que ustedes: profundamente interesado en el cine, con una considerable experiencia acumulada desde la infancia como espectador, soy un individuo al que le gusta pensar y hablar de las películas”. Mientras “habla” (eso parecen sus críticas: la prolongada conversación con un lúcido que es también un apasionado) va demostrando que tiene opiniones claras y sensibles sobre libros, la sociedad, la política, la guerra. En la base de su estilo hay un gran respeto por el gran público, que considera uno de los mejores posibles, y su fastidio ante el modo en que Hollywood suele considerarlo sólo como pasivo devorador de basura prefabricada. Cuando habla de Shakespeare (en sus notas sobre Laurence Olivier) admira los mismos rasgos de gran arte para toda la gente que admira en las escasas películas o los momentos en que ese público es tenido en cuenta en su variedad y calidad.

Un largo tramo inicial recoge sus críticas sobre películas bélicas, típicas de la época. Allí aparece una reacción ética contra los excesos en la presentación de atrocidades, por ejemplo. En Agee hay siempre, además, una aguda conciencia de “el país”. Una referencia a la Segunda Guerra Mundial adquiere valor general, y explica en parte el modo en que lo rescataron y leyeron generaciones posteriores a su muerte: “Sufrimos todos -tenemos una conciencia vaga de ello- de una única y constantemente creciente esquizofrenia que no amenaza a ninguna otra nación implicada en esta guerra. La geografía está en el núcleo de la dolencia. Los americanos que están luchando han sido destinados a rincones del mundo que a ellos mismos les parecen irrelevantes; los que no luchan, han quedado intactos, virginales, prenatales, mientras cualquier otro pueblo digno de consideración sobre la faz de la tierra ha llegado a la mayoría de edad”. Esa dicotomía fue puesta en riesgo durante la guerra de Vietnam, y volvió a reconstruirse en las “guerras electrónicas” recientes de Reagan o Bush.

Al trabajo cotidiano de cubrir los estrenos (que habría tenido mayor peso en caso de incluir en esta edición las breves notas de Time del libro original) se agregan sus trabajos más largos. El extenso estudio sobre la comedia muda es un ejemplo. Otro, su perfil de Griffith. En el plano geográfico, Agee presta atención informada y sensible al poco cine europeo proyectado en Estados Unidos: Roma, ciudad abierta de Rossellini, los films de Jean Vigo, De Sica.

En inglés hay un segundo tomo de On Film. Con prólogo de John Huston, recoge su trabajo como guionista. En 1948 escribió dos basados en El hotel azul y La novia llega a Yellow Sky, cuentos de Stephen Crane. El segundo formó con una adaptación de Joseph Conrad el film Face to Face, con una breve actuación del propio Agee. Sus dos trabajos siguientes son los más célebres: uno es el guión sobre novela de C. S. Forester de La reina africana, (John Huston, 1951), en colaboración. Otro, la adaptación de La noche del cazador, sobre novela de Davis Grubb, para Charles Laughton. También escribió una vida de Lincoln para una serie institucional, y otro sobre Noa, Noa, basado en el diario de Paul Gauguin. Por otra parte una versión teatral de Una muerte en la familia, con el nombre All the Way Home fue llevada al cine en 1963.

DEL LADO DE LAS PALABRAS. “Estamos hablando ahora de las noches de verano en Knoxville, Tennessee, en la época en que yo vivía allí, disfrazado con tanto éxito ante mí mismo de niño”. Así empieza Una muerte en la familia. Más de treinta y cinco años después, sigue siendo una de las mejores novelas de la literatura estadounidense. Aunque es un relato “del Sur”, carece de barroquismos. Sólo algún tramo en itálica se excede un poco en el lirismo. Pero la carne misma del relato es de una estructura magistral: una falsa muerte precede a una verdadera, la intensidad con que sienten los personajes y sus movimientos nunca se rebaja al nivel teatral al que podría llevarlos la concentración familiar. Un par de páginas narra el arranque de un auto con el motor defectuoso con los recursos gráficos de un vanguardismo “sonoro” del todo puesto al servicio del relato, y el humor.

El primer capítulo cuenta la relación entre un padre y un hijo, caracterizada por la armonía y la solidez unánime que sólo la muerte casi inmediata del padre puede conservar en el recuerdo. Podría hablarse incluso de la antípoda exacta de la Carta al padre de Kafka, donde la inversión de signo hace que el vínculo indestructible entre los dos reemplace la pared ciega de incomunicación del escritor de Praga.

En los capítulos sucesivos los demás integrantes de la familia tienen a la vez algo de símbolos densos y vívidos y seres únicos, personales. Cada instancia parece un trozo de una saga, de un viaje mítico: la visita a una abuela de casi cien años, el viaje del padre a ver a su propio padre tal vez muerto para descubrir que sólo se trata de una exageración de su fallido hermano Ralph. El bisturí conmovido pero implacable de Agee se concentra en los integrantes roídos por neurosis irresolubles. Como una madre religiosa que se niega a sufrir o llorar incluso ante la muerte del esposo amado, porque cree hasta lo inhumano en la fe. O el propio Ralph, de exasperante capacidad para fracasar o no lograr las cosas, alguien tan caído que desearía que la esposa dejara de tenerle lástima: “era respeto lo que él necesitaba, infinitamente más que amor”.

En la descripción del ridículo accidente, y sobre todo en el dolor insoportable que provoca cuando impacta de lleno en la estructura familiar, Agee sabe recurrir a imágenes inolvidables y precisas como una miniatura: “Una a una, millón a millón, en el anuncio del amanecer, en aquella parte del mundo, se movieron las hojas”. También da datos precisos sobre su infancia, como el largo proceso de adaptación a las burlas crueles de sus condiscípulos por llamarse Rufus, un “nombre de negros”. Y el misterio insondable de la muerte del padre: “bajo las flores, en su ataúd cerrado, exactamente como lo había visto aquella mañana, yacía su padre. Sólo que había oscuridad, de modo que no lo podían ver. Ahí siempre iba a ser oscuro. Oscuro como dentro de una vaca”.

DISPERSO PERO SÓLIDO. El sitio personal, creativo y crítico que ocupó Agee fue complejo y esquivo dentro de la cultura norteamericana. Con una aspereza montañesa o rural en medio de los rascacielos de Manhattan, tiene sin embargo puntos de contacto con el civilizado Scott Fitzgerald. Los dos esquivaron los peligros del éxito a la estadounidense, y expresaron con emoción y maestría técnica el valor del aguante fuera de los marcos aceptados.

En el caso de James Agee a veces se advierte cierta incomodidad ante sus rasgos contradictorios en testimonios como el de John Hershey, en un perfil escrito para The New Yorker en 1988. No sólo incluye momentos íntimos bastante patéticos y hasta desagradables de Agee: además parece sentir una tenue envidia indescifrable para él mismo ante sus hábitos de bebedor, su fama de mujeriego, su autoexigencia permanente, que siempre lo dejaba insatisfecho.

James Agee escribió una sola novela, pero fue magnífica (y premio Pulitzer, aunque póstumo). Desperdigó sus indiscutibles virtudes críticas en las páginas perecederas de revistas y diarios, pero fueron recopiladas (aunque él ya no estaba para verlo). Escribió guiones famosos que sufrieron cambios constantes, como suele pasar en el cine estadounidense. Fue poeta en la juventud, y periodista eximio, de esos que valen tanto como los grandes escritores, en Let Us Now Praise Famous Men. A poco menos de medio siglo de su muerte, entrar en cualquiera de sus facetas se logra con la fluidez con que uno se comunica con alguien vivo, contemporáneo. Tal vez el secreto de la permanencia y la frescura dependan de lo que él mismo reconoció: “Sé que estoy haciendo la elección más peligrosa para un artista al valorar la vida por encima del arte”.

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